Años de plomo

Debo confesar que a pesar de mi aspecto pacífico y amante de la naturaleza y todos los seres vivos, en el transcurso de mi vida cometí varios asesinatos con premeditación y  alevosía.

Aunque estos,  premeditación y alevosía, en realidad hayan sido meros espectadores y no tengan  la culpa de nada.  Hechos que hasta el día de hoy han permanecido impunes, a no ser por el cargo de conciencia que llevo a cuestas.

Esta historia se remonta  a aquellos años, cuando todavía las estaciones del año, estaban bien marcadas. Cuando en el verano hacía esos calores sofocantes y tu mamá te obligaba a dormir la siesta ,  cuando el pueblo se llenaba de miles y miles de  mariposas de  distintos colores provenientes del campo circundante y por la tarde teníamos  conciertos de chicharras.

Cuando en le invierno verdaderamente hacía mucho frío y nos mandaban a la escuela en pantalones cortos, cuando a los mosquitos los sufríamos solamente en los días húmedos y no estaban  adaptados al freezer  como ocurre hoy.

Esta historia se remonta a aquellos años de mi niñez  cuando  viajábamos al campo de mis abuelos maternos, allá por ese lugar llamado Colonia Silvio Péllico.  Íbamos a  visitar a mi abuela Carmen que vivía acompañada por algunos de sus hijos y que se dedicaban a las tareas del campo.

Estas visitas eran generalmente de fines de semana aunque  también solía pasar estadías mas largas durante las vacaciones de invierno o de verano. Me gustaba viajar para allá, ya que en ese lugar había siempre innumerables posibilidades de entretenimiento,  de diversión, para jugar, investigar etc. Por mucho tiempo una de las maneras de pasar los días que mas me gustaba,  estuvo relacionado con la posibilidad de salir a la caza de plumíferos y otras especies.

Allí, en la casa de mi abuela,  me esperaba un Maheli 4,5, un viejo rifle de aire comprimido que previo despiece, aceitado y lustrado, con una culata flamante,  sería mi compañero inseparable durante todo esos días. Cada año como paso previo a los safaris,  solía hacer una  práctica  de tiro, poniendo algunas latas vacías  a cierta distancia, contra la pared del gallinero,   para poder regular la mira en forma conveniente y afinar la puntería.

Había distintos circuitos y lugares donde gastar los balines, como así también  podía elegir distintas horas del día: mañana,  tarde o noche.

A unos cien metros de la casa había, en un lugar apartado del resto de las instalaciones,  un pequeño monte de paraísos,  un monte abierto, donde  debido a que era el lugar mas tranquilo de la estancia era utilizado por muchas especies para anidar y donde se podían encontrar distintas clases de palomas, carpinteros, curucuchas, pirinchos o urracas, tordos, benteveos  y horneritos. Aunque este último,  era el único que por directivas mayores  se me estaba prohibido cazar, cosa que generalmente cumplía. Pese a que recorría el monte disparando una y otra vez hasta ahuyentar a todos sus pobladores, rara vez me dedique a saquear sus nidos. A lo sumo trepaba al árbol para investigar su contenido.

A un costado de la casa principal se encontraban un conjunto de grandes y veteranos eucaliptos. Allá arriba, cerca de la copa anidaban las palomas “caseras”,  las de mayor tamaño. Debido a la altura y al viento que movía las ramas, hojas y ……  a las palomas hacer puntería era todo un reto. Así nos íbamos  turnando para tirar hasta que la posible víctima se percataba que los tiros estaban dirigidos  a ella y emprendía vuelo o caía intoxica por el plomo. Este siempre fue el lugar  donde el promedio de plomo gastado por presa, trepaba hasta la estratosfera.

Entre las distintas construcciones se encontraba un gran patio, con piso de tierra, liso y parejo como cancha de bochas que era barrido todos los días por alguna de las mujeres de la casa. Aquí abundaban las casuarinas y otras especies de árboles que en el verano daban una buena sombra,  pero debido a la cercanía de la casa y al movimiento diario no había  mucha variedad de presas. En este lugar encontrábamos fundamentalmente gorriones que se acercaban a robar los granos destinados a las gallinas.

Alejándonos un poco en campo abierto,  nos podíamos encontrar con caranchos, lechuzas y algunos teros, que al acercarnos daban el grito de alerta y emprendían vuelo rápidamente. Esto nos obligaba a arrastrarnos cuerpo a tierra, para no ser vistos y así poder acercarnos lo máximo posible. Estos tiros eran en general los más difíciles por la lejanía. Y los que mas problemas nos traían al regresar a casa, por el estado calamitoso de la ropa.

Entre todas las instalaciones, había un gran galpón,  una construcción bastante grande,  que poseía algunas ventanas que casi siempre estaban clausuradas y donde solo se podía acceder por un gran portón  corredizo. Era el lugar  donde se guardaban algunas herramientas pero más  que todo servía como depósito de semillas o granos que se amontonaban a granel en algún rincón o donde se hacían distintas estibas de bolsas de  diferentes alturas. Creo que bien le hubiera cabido el nombre de  Laucholandia,  un sitio perfecto donde convivían numerosas familias numerosas  de roedores  en total armonía.

Aquí fui desarrollando mi profundo sentido de la observación, y otras cualidades como  la paciencia, la espera, y la serenidad (cualidades que años después perdí por falta de practica). Emulando a aquel francotirador alemán que desde el campanario de la iglesia del pueblo, cazaba al enemigo como ratas, yo solía ubicarme agazapado con mi arma (sin mira telescópica) en la cabina del tractor o sobre una pila de bolsas; con el ambiente en semi penumbras y cuando el silencio reinaba, comenzaban  a  aparecer tímidamente, por distintos lugares los pequeños habitantes. Sin hacer ningún tipo de ruido, elegía mi presa, apuntaba cuidadosamente, y cuando estaba seguro, disparaba. Se producía naturalmente un desbande general, cada cual buscaba el resguardo mas cercano. Mi puntería era mortífera. Rápidamente bajaba, retiraba la víctima y volvía a ponerme en posición para reiniciar el proceso, así horas y horas hasta que me acalambraba por falta de movimiento o el hambre comenzaba a hacerse sentir.

Otro tipo de caza exótica, era la que solo era posible llevar a cabo en el taller de reparaciones. Una construcción con altas paredes que en la unión con el techo de chapas acanalada dejaba el espacio suficiente para que lo habitaran seres alados, pero sin plumas, de piel suave y oscura pero repugnante, odiado por muchos y temidos por otros tantos: los murciélagos. Durante el día y por efectos del calor, a estos seres se los podía encontrar prendidos a la pared, cabeza abajo tomando fresco en la entrada de su morada.. Aclaro que para liquidarlos no hacía falta tener proyectiles de plata como algunos piensan. Allí caían fácilmente por efectos de mis disparos, en contraposición de lo que ocurría durante la noche cuando los veíamos volar silenciosos entre nosotros esquivándonos en forma sorprendente.

Cada incursión nos insumía cantidades siderales de proyectiles. Creo que la marca era Aimaretti, venían en una cajita verde de a cien y cada día desparramábamos muchas de estas por todo el entorno. El problema era cuando el día Domingo me quedaba sin nada. Tenía que apelar  con insistencia ante  mi tío Juan, que  siempre con buena disposición se llegaba hasta la casa del empleado de la Cooperativa local que a pesar del día feriado abría sus puertas para vendernos una nueva provisión de cajas. Generalmente terminaba agotando las existencias.

Un  párrafo aparte,   eran las salidas nocturnas. Recuerdo especialmente las noches de invierno, largando humo blanco al respirar por efecto del frío,  muy abrigados, después de la cena, con los bolsillos llenos de balines, y una linterna comenzábamos nuestro recorrido por la larga galería de la casa. Ahí, sobre los tirantes de madera, pegaditos al techo, pasaban la noche muchos de los gorriones que durante el día eran difíciles de agarrar, pero que en esta hora, se tornaban  presa fácil. Casi un fusilamiento, ya que poniendo el caño del arma a centímetros de su cuerpo  eran liquidados a quemarropa o en este caso a quemaplumas.

Luego recorríamos en forma sigilosa  las arboledas circundantes a la casa barriendo con el haz de luz de la linterna todo el follaje buscando las potenciales  víctimas  que descansaban  en un sueño reparador y que encontraban la muerte de manera sorpresiva sin posibilidad de escapar. En estos árboles encontrábamos también durmiendo placidamente en la altura, a salvo de  depredadores  innumerables gallinas de todo tamaño, que a cada disparo se revolvían inquietas y evacuaban su aparato digestivo regándonos con una lluvia semisólida. 

Estas excursiones de caza menor  eran una verdadera carnicería, una lucha desigual. ¡Lo admito!  Pero en esos años no sentía nada de culpa¡  Luego con los años uno va desarrollando otra forma de pensar y comienza a  preguntarse  porque lo hacía. Ahora cuando veo a los chicos tirando con un rifle o una simple gomera pienso en ir a decirles que eso está mal, que no se hace. Pero como pedirles eso si yo lo viví y cuando tenía esa edad:

 ¡¡ Como lo disfrute!!

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3 comentarios en “Años de plomo

  1. Muy bueno tu relato, yo tambien pasaba mucho tiempo en el campo (o casi campo) no habia vacaciones y fines de semana largo que no nos fletaran para El Arañado de mi abuela y otros a al campo donde vivia mi madrina. Fueron dias muy felices y entretenidos sobre todo en el verano que eramos muchos primos. Pero nunca se nos dio por cazar pajaritos, solo andabamos entre los animales, o trepados en alguna planta, recuerdo que saltabamos del techo del gallinero para ver quien lo hacia mas lejos; en una ocacion se les ocurrio hacer cigarrillos de yerba (mate) y se prendio fuego una gallina clueca con nido y todo, bueno son accidentes.

  2. asesino, desde ahora me alegrare cuando escuche que se murieron muy a tu pesae familias meliferas, solamente estaras pagando por tu pasado. Juicio y castigo a los culpables del genocidio, aguante el “nunca mas”.
    Un abrazo desde Saint Germain

  3. No seas tan duro. Pensá que a esa edad yo era un niño inconciente. Ahora con el paso del tiempo me he transformado en un adulto
    inconciente. Bon voyage ¡¡¡¡

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