Relatos inverosímiles. A golpes se hacen…

Por aquellos tiempos en la localidad de La Playosa, se realizaba todos los años un tradicional Baile de Reinas donde se elegía a aquella, que representaría la zona en la Fiesta Nacional del Trigo de Leones. Eran bailes populares a donde concurrían a concursar por una corona, muchas participantes, las más lindas y las no tanto, representando a distintas instituciones y a pueblos vecinos.

Aunque él manejaba desde hacía ya bastante tiempo, hacía poco que contaba con el correspondiente carnet, que lo habilitaba “legalmente” para conducir. El padre en un gesto de confianza, le ofreció una tarea que el acepto rápidamente: con su auto debía trasladar ese sábado, a la reina de Bomberos Voluntarios de la ciudad, para participar en dicho evento.

Partieron ambos temprano, ya que era común en esa época, que apenas pasada la medianoche el baile estuviera en su apogeo. Como era una noche de mucho calor, el mismo se realizaba en la pista al aire libre del Playosa Sportivo Club. Entre selección y selección que brindaba la orquesta desde el escenario, se realizo la elección que recayó en la participante local. Entre copa y copa la fiesta fue transcurriendo plácidamente. El regreso lo hicieron sin novedad.

Eran las cuatro de la mañana cuando dio por finalizada la tarea encomendada. – Todavía es muy temprano para irme a dormir- pensó. Bordeó la plaza y enfiló para el boliche bailable que funcionaba frente a Grandes Tiendas Baravalle. Pero en la fatídica esquina de Bonansea se encontró imprevistamente con otro vehiculo y ocurrió lo único que no tenía que ocurrir esa noche.

El Ford Falcon último modelo que manejaba, se incrustó, con un ruido corto y seco, justo en el medio del otro y ambos quedaron abrazados en mitad de la calle. Aunque en esa época el cinturón no existía o era solamente un adorno, por suerte ninguno de los conductores salió lastimado.

El auto que el padre le había prestado estaba totalmente destrozado imposibilitado ya de circular. Algunos curiosos que se acercaron a mirar, le ayudaron a empujarlo cerca del cordón. El otro en cambio, a pesar de tener embutidas las dos puertas del lado derecho, al rato siguió su camino aunque como medio rengueando.

La noche estaba arruinada, al igual que el auto. En compañía de algunos amigos, que llegaron enterados de la catástrofe, se fue a Kon Tiki a apagar la pena por lo que pasó y por lo que vendría. Casi al alba, con varios whiskys en exceso en el cuerpo, llegó la hora de volver a su casa y atenerse a lo que fuera.

Antes de tumbarse en la cama, decidió dejarle un mensaje a su padre sobre la mesada de la cocina. Sabía que en pocas horas más, él, se levantaría para ir a desayunar con sus amigos como lo hacía todos los domingos.

“Antes de irte, llamame” – escribió como pudo en un papelito. Entre sueños, aún bajo los efectos del alcohol, escuchó que el padre le decía: – ¡Despertate, despertate!! Para que me hiciste llamarte??

– ¡ Nada, nada !! – farfulló el y siguió durmiendo totalmente ido. A los treinta segundos, y después de asomarse a la cochera vacía, volvió a escuchar la voz desesperada del padre que desde la puerta del dormitorio, exclamaba:

¿¿ Y EL AUTO DONDE ESTA??

Epílogo

¡Bueno, al final caminar no es tan malo¡ – pensaba él, mientras seguía transitando esas calles bien conocidas, nuevamente como peatón a seis meses del accidente.

Anuncios

Relatos inverosímiles. Devolver a los veinte.

 

  

Ella, un  ama de casa, como las de antes, orgullosa de su tarea,  pasaba el día haciendo lo necesario para lograr que su hogar fuera  un lugar perfecto. Orden y limpieza eran sus premisas. Reglas, que a fuerza de machacar había logrado inculcar a toda su familia. Claro ejemplo de ello, fue siempre, el despertar por las mañanas (especialmente luego de un largo trasnoche) con el motor de la aspiradora girando a 2500 revoluciones por minuto, capaz de levantar a los muertos de sus tumbas con sus estridentes agudos  y que ella implacablemente pasaba por la habitación todos los días a primera hora.

El, su hijo,  regresaba,  como lo hacía la mayoría de los fines de semana, desde la ciudad donde estudiaba para reencontrarse con la familia y sus amigos.

Lo hacía generalmente con el estómago vacío (sabiendo que ella estaría a la espera para prepararle sus platos preferidos) y los bolsillos en las mismas condiciones. Lo único que abundaba al regresar cada semana era la cantidad de  ropa sucia que traía, que prestamente ella se encargaba de inspeccionar para luego poner a lavar.

Ese en particular, no era un sábado más. Cumplía veinte jóvenes años y la intención era festejarlo  hasta la  madrugada. Con el auto, y los bolsillos  repuestos de la hambruna por el mismo padre,  la noche comenzó mas temprano que de costumbre. 

Luego de varias horas de recorrer distintos bares, discotecas, confiterías, pubs, pulperías   y boliches, y de encontrarse con  amigos aquí y allá,   tras  sucesivas copas,  terminó por olvidar porque brindaba. Cuando notó que el alcohol, lo había dejado sin palabras, es decir, mudo, comprendió que lo mejor era  regresar a su casa. Ya casi al amanecer y  a pesar de su estado deplorable, lo hizo sin inconvenientes. Se desvistió en silencio y  se tiro en su cama para un sueño reparador. ¡¡ Craso error!!

A los pocos instantes sintió que algo se movía dentro suyo y pugnaba por salir cual Allien el Octavo pasajero. Trató de incorporarse,  pero la habitación giraba como una calesita y no lo logró. Sabía que tenía que llegar al baño, pero éste se encontraba a años luz de distancia, tres o cuatro metros en realidad.

En los últimos vestigios de lucidez, pasaron como un relámpago por su mente la imagen de su madre, la alfombra azul de su cuarto, la imagen de su madre, la alfombra azul y  de la catástrofe que se avecinaba  y solo atinó a tomar sus mocasines  nuevos que había dejado al lado de la cama,  para que le sirvieran de  contenedor.  En criollo,  vació la totalidad del contenido de su estómago dentro de los zapatos. Ya medio inconciente, se sintió aliviado por su estómago y por haber evitado manchar ¡la alfombra azul!  y literalmente se desmayo sobre las sábanas.

Después de haber dormido lo que a el le parecieron unos pocos segundos, se despertó con los gritos airados de su madre que desde la puerta del dormitorio le decía: ¡Asqueroso! ¡Llegaste borracho! ¡Vergüenza tendría que darte! y  otras alabanzas similares. ¡Levantate para comer! – repetía.

El,  todavía bajo los efectos del alcohol no lograba comprender totalmente la situación. Solo murmuraba: ¡Tomé frío! Excusa que había empleado en otras ocasiones con éxito. Sabía que debía levantarse ya que por una ley que se cumplía a rajatabla en la casa, era obligatoria la presencia de todos los integrantes de la familia alrededor de la mesa a la hora de comer.

Así, con el martillo neumático que repicaba en su cabeza,  con gusto a perro muerto en la boca, cual zombi se sentó en la cama, se vistió como pudo ¡y se puso los zapatos!

 

 

Agradezco especialmente la participación compulsiva de H C

Relatos inverosímiles.Raticida infalible

 

 

La sequía venía castigando duro a toda la región. La falta de agua había hecho fracasar las últimas dos cosechas. Mantener alimentado al ganado se había convertido en una dura tarea. En el campo no quedaban más  que cascotes,  las vacas pasaban todo el día reunidas alrededor de las matas de pasto seco esperando el rebrote que no se daba.

El,  era el encargado de encerrar todas las tardes los animales en un piquete, para darles una ración de pasto seco que compraba a precio de oro y algo de grano, pequeño remanente de la última buena cosecha., que guardaba como si fueran una valiosa joya, en el galpón grande.

Como la hambruna era general, y no había otras fuentes de recursos alternativas, el  depósito era visitado por infinidad de pequeños animales, que día a día le rapiñaban parte del contenido. Un gran ejército de roedores se hacía presente durante las horas de oscuridad en busca del sustento diario. Algunos viajaban todos  los días desde sitios lejanos, otros vivían en los alrededores y otros mas osados, se habían instalado directamente entre las paredes y pisos de la construcción o entre la montaña de fierro viejo y porquerías amontonados en un rincón.

El había intentado todo para detener la sangría de los preciados recursos pero en vano. Comenzó sellando todos los resquicios del  portón, puertas y ventanas. A pesar de esas medidas, los pequeños ladrones se las ingeniaban para seguir entrando. Luego, pidió prestados una docena de gatos famélicos  en los campos vecinos, que a priori pareció ser efectivo. Pero a los pocos días habían engordado tanto y hastiados de comer  se pasaban todo el día durmiendo la siesta sobre las pilas de bolsas. Probó eliminar  la plaga usando distintos tipos de productos que compraba en la veterinaria del pueblo, pero todos ellos eran ignorados por los astutos animalitos.

Hasta que un día, tomando una copa con amigos en el Boliche de La Legua, alguien le sugirió una mezcla sencilla, pero  infalible para terminar con ellos. Compro los ingredientes necesarios en el pueblo y regreso a casa en su Estanciera, anhelando terminar con el problema.

Mezclo partes iguales de queso finamente rallado y yeso en polvo, cuidando de no tocar el preparado para no contaminarlo con su olor, y luego lo distribuyó  en pequeños montoncitos por todo el galpón. Estratégicamente, colocó cerca una abundante cantidad de pequeños bebederos con agua fresca. Esa noche le costo pegar los ojos, pensando en lo que le depararía la mañana. Al otro día se llegó hasta el galpón y comprobó que todo lo servido había desaparecido. Aunque no vio rastros, de los infames decidió seguir con el plan, por algunos días más.

Un día, casi al amanecer,  sin dormir, desolado por el fracaso decidió que ese sería el último día de la prueba. Al entrar al galpón, lo primero que noto, fueron  las montañitas del veneno casero, intactas. En casi total penumbra observó algo que le hizo abrir la boca para exclamar  en forma instintiva un ¡Ohhhh! ¡ahhhhh! , ehhhh??

Desparramados cual perdigones de una escopeta, el piso, las paredes, los tirantes del techo, las pilas de bolsas, todo, absolutamente todo, estaba cubierto por  montículos color blanco de distintos tamaños. Hasta donde le alcanzaba la vista, vio lo que parecía un  campo nevado. Pero los copos de nieve no eran tales. Se trataba de miles de lauchitas, ratones y  ratas que habían perecido por efecto tardío del veneno, tomando una colocación blancuzca debido al yeso ingerido.

Un poco más calmado pudo ver con más detalle el espectacular suceso. Por allá se veían convertidos en peculiares estatuas un ratón trepando por la pared, mas acá, una familia completa reunida alrededor de la mesa , por este lado, una parejita de lauchitas jóvenes teniendo sexo, mas allá una rata gorda cual escultura de Bottero, panza arriba con los brazos cruzados, otra orinando con la pata levantada contra la pared, un grupo cual piezas de metegol, jugando al fútbol, otros en lo que parecía un acto circense,  formando una pirámide, otras tanto durmiendo placidamente el sueño eterno. Y así, todos en las poses más insólitas, pasaron a la eternidad, cual erupción del Vesubio, ya que el yeso al hacer efecto además del color les había dado una dureza extraordinaria.

 

Con este problema terminado, apareció otro, que fue el de recoger y amontonar todos los roedores petrificados. Una vez finalizada esta tarea le quedaba aparentemente como única salida cavar un gran pozo para enterrar sus restos. Aquí apareció la inventiva piamontesa y  surgió la idea de darle alguna utilidad  a tamaña montaña de desechos.

Hizo una selección de los que creyó, mejores modelos, los clasificó y puso manos a la obra. Con las lauchitas más pequeñas, confecciono cientos de llaveros, con la posibilidad de grabar sobre la panza, el nombre de algún comercio; en combinación con algunos pintados de negro y con un tablero los vendió como un juego de damas artesanal. En otra idea fabrico pequeños colgantes reemplazando la tradicional pata de conejo por una de ratón,  para llevar en el espejito del auto. Los ejemplares más grandes los ofrecería como soporta-libros para la biblioteca de la casa,  pintados en distintos colores para alegrar los jardines y otros para llevar de adorno en la luneta trasera del Falcon. Los medianos para ser usados como pisapapeles sobre los escritorios;  unidos por pequeñas cuerdas  armo unos “llamadores de ángeles” pero el sonido que producían al chocarse no era muy bueno y la mayoría como adornos de repisas varias.

 

Con el correr de los días comprobó, que los ingresos conseguidos por estas artesanías, sobrepasaba largamente el costo de los granos consumidos por los pobres animalitos.

 

 

Agradezco especialmente la participación compulsiva de C R

Relatos inverosímiles. Las super naranjas.

Cuando decidió comprar el terreno para27 levantar su casa, el ya sabía que el mismo, debía ser generoso en cuanto a las dimensiones, porque soñaba poder contar en el fondo, con lugar suficiente para tener algunos frutales, cultivar una huerta e instalar un pequeño gallinero para tener pollos criados al “estilo campo” y huevos frescos todos los días.
Es por eso, que cuando los albañiles comenzaron a cavar los cimientos, el plantó un conjunto de los mejores frutales que pudo conseguir en el vivero del pueblo. En base a mucha dedicación y cuidados, a los pocos años tenía una hermosa plantación que le brindaba mandarinas, naranjas, limones, pomelos, duraznos y ciruelas.
En general, todos los años era tal, la cantidad de frutas que obtenía que lo que no consumía su familia pasaba a manos de algunos amigos y vecinos.
Pero ese año fue la excepción. Una gran helada fuera de época, en plena floración, hizo que casi toda la producción se perdiera.
Solo el naranjo, en parte, resistió tremendo frío y mostraba un conjunto de pequeños frutos desperdigados por toda la copa.
El comenzó a seguir con atención la suerte de estas pocas naranjas, que se podían ver crecer día a día. Parecía que el noble arbolito, ponía todas sus energías y su esfuerzo en ellas. Al ir aumentando de tamaño y de peso, las ramas que las sostenían poco a poco se fueron arqueando buscando el suelo.
Un día por efecto del viento ocurrió una desgracia. Una de las más grandes que se encontraban casi en la copa se desprendió y dio sobre la tortuga que casualmente pasaba por debajo. Fue un golpe seco, que partió el caparazón de “Felicita” en dos causándole la muerte en forma instantánea. Desde es día decidió vallar el naranjo para que nadie se acercara y evitar que ocurriera cualquier otro accidente.
Llegó un momento que el naranjo parecía ser un sauce llorón, con las ramas péndulas casi arrastrándose por el piso, entonces el comprendió que era hora de alivianar al pobre arbolito de tan pesada carga.
Con la carretilla fue llevando una por una todas las naranjas hacia la piecita del fondo, para mantenerlas a la sombra. Por falta de espacio, las últimas tuvo que guardarlas en el garaje.
La mujer ante tal situación, se puso manos a la obra y como le gustaba cocinar busco recetas que incluyera naranjas entre sus ingredientes. Así preparó lomo de cerdo a la naranja, pollo a la naranja, mero a la naranja, flan de naranja, pato a la naranja, pudín de naranja, gazpacho de naranja, pejerrey a la naranja, pan dulce de naranja, etc, etc, etc. Transcurrido un mes, ya con signos de hartazgo y con algunos malestares gástricos, decidieron buscar otros usos.
Llevaron varias de ellas, al trueque local donde las canjearon por artículos de limpieza y ropa. Cuando se saturo el mercado, decidieron hacer jugo para venderlo en el vecindario. Debido al enorme tamaño, exprimir cada naranja les llevaba más de tres horas, por lo que pidieron a un albañil de la cuadra la moledora de escombros. De esa manera el trabajo se hizo mas ágil obteniendo casi dos litros por ejemplar. El pellejo y la cáscara la usaron para alimentar a las gallinas. Lo hicieron hasta que comenzaron a notar cierta tonalidad anaranjada en los huevos.
Otras fueron a parar a manos de los vecinos. A los pocos días los chicos del barrio armaron un picado en el baldío cercano y a falta de una número cinco comenzó encuentro haciendo rodar una de las más grandes. Que duró hasta que el win izquierdo desde fuera del área le pego de puntín partiéndola en dos, dejando al arquero desubicado ya que una parte se fue por sobre el travesaño y la otra entro mansamente por debajo marcando el primer y único gol del encuentro.
La nota de color, (naranja) la dieron algunos estudiantes de inglés, que usaron los últimos ejemplares que quedaban, para calarlas y reemplazar así, las típicas calabazas durante la festividad de Halloween.

Agradezco especialmente la participación compulsiva de S.C

Relatos inverosímiles. El ñandu injabonado

Era un día de verano, a la hora de la siesta. Allá en el campo, el calor sofocante se hacia sentir. Los perros entre jadeos, medio adormecidos estaban tirados bajo la sombra del Ford T, las cluecas soportaban estoicamente en sus puestos, el calorón, ante el peligro de perder la nidada, hasta  las urracas, amantes del sol,  en silencio aguardaban en vano una brisa refrescante entre las ramas del paraíso.  

Todos descansaban, salvo ella, a la que le quedaba corto el día para terminar con todas las tareas de la casa. Con un gran fuentón de chapa zincada  y la tabla de madera,  a fuerza de refregar y refregar se encontraba enfrascada en la ardua tarea de sacar las manchas de grasa de una pila inmensa de ropa mugrienta.

En realidad no estaba sola, la acompañaba “Charito” un joven ñandú de dos años y medio de edad, que ella se había encargado de criar desde pequeño, el día en que  los hombres lo trajeron al regresar de una cacería por la provincia de La Pampa.Nandu_D

Ella lo había alimentado y protegido como huérfano que era, del resto de los animales, especialmente los perros de la casa, que no se cansaban de provocarlo al verse desplazados de las atenciones de su dueña y de la cucha que usualmente usaban.

 

Ese día Charito caminaba alrededor de ella y la picoteaba con suavidad quizás solicitando comida o queriendo jugar. Ante la indiferencia de ella, en un momento se acerco al banquito de madera que estaba cerca de la lavandera y donde se encontraba un pequeño radio a transistores, algunos cepillos y el pan de jabón recién estrenado y en una fracción de segundo, sorpresivamente, tomo el Federal de lavar  con el pico y se lo trago.

Ella desesperada, buscando ayuda a su alrededor con la mirada, vio que se encontraba sola, ante ese trance. Sabía que si no actuaba rápido la pérdida sería doble, por un lado la muerte del animal y por otro, la pérdida del invalorable jabón que tanto costaba conseguir.

Mientras tanto el jabón comenzaba un lento descenso por el cuello del animal, que abría los ojos cada vez mas grandes al sentirse sofocado por tal extraño objeto y al tiempo que corría hacia campo abierto.  

Ella lo seguía de cerca pero no podía alcanzarlo. De pronto se detuvo en seco, quizás al faltarle el aire. Sin titubear, lo agarró por el cogote con las dos manos por debajo del resbaladizo jabón y comenzó a apretarlo con fuerza, ante el pataleo desesperado del animal que ya tenía los ojos desorbitados ante tanto esfuerzo por respirar. Poco a poco fue subiendo con sus manos por el cuello, llevando el objeto atravesado, hacia arriba hasta que finalmente logró que lo expulsara de su garganta.

Cuentan que una semana después de dicho suceso, al pobre animal cada vez que alargaba su cuello para tomar agua la  boca todavía le burbujeaba.

Agradezco especialmente la participación compulsiva de D.B.